Recuerdos del Huracán Mitch: La mañana en la que logré ver el sol, entonces sentí felicidad

Por Gerson Gómez Rosa
gerson.gomez@elheraldo.hn

Recuerdo que la mañana en la que logré ver el sol, entonces sentí felicidad.

Ya pasaron 20 años. Entonces yo tenía 16. Mitch era un terror y un hastío. La gente no salía a la calle por las lluvias, yo sí. El único momento en el que tenía ropa seca era a la hora de dormir.

Mi madre, mi hermano y yo nos fuimos a El Hato de Enmedio donde una tía a pasar el fenómeno. Nosotros vivíamos en La Flor # 2 en Comayagüela, una de las colonias  declaradas en riesgo entonces. Dormíamos donde podíamos. O dónde cabíamos.

Crecí en la fe mormona y para entonces yo me alistaba para irme a la Misión (para ser elder), entonces estaba de cerca con los dos élderes salvadoreños (Óscar y Joel) que servían en ese sector de El Hato. Pero justo entonces, les ordenaron permanecer encerrados y no salir a las calles. Ellos no podían ir a buscar sus alimentos entonces, por lo que yo fui seleccionado para hacerlo.

Una hermana de la iglesia preparaba la comida y yo se las levaba. También compraba los abarrotes con las que los preparaba y también los pedidos de los dos misioneros. Por eso, entonces siempre estaba mojado, por eso estaba en las calles mientras la mayoría de las personas permanecía en casa.

Ojo que no quiero confundir, no es que no hubiera gente en las calles y aquello fuera una escena de «I am Legend» y todo estuviera desierto. Claro que habían autos circulando, y gente en las calles, pero la mayoría lo evitaba y más cuando ya se suspendieron las clases y se declararon alertas.

Recuerdo estar una noche en la sala de la casa viendo el resumen de las noticias y una imagen que me impactó. La gente corría por el puente vehícular de El Country mientras las casas caían al río.

También recuerdo cuando informaron que Morolica ya no existía, que Choluteca y el Valle de Sula estaban bajo en agua y que había terror porque habían abierto las compuertas de las represas. Nunca supe si fue cierto.

Las noches tenían algo que no te dejaban dormir.

A veces, mucha gente ama dormir mientras llueve. Pero cinco días seguidos y sin parar evitan el sueño. Y más frente a nuestra casa, donde había un enorme pino que aterrorizaba con su zumbido. Y obvio expectantes que no nos fuera a caer encima.

A medida que Mitch iba arrasando con todo, la ciudad se quedaba sin recursos. El suministro de agua se acabó. Los granos básicos se acabaron. No había carne y la gente aprovechaba para llevarse todo lo que podía de los comercios.

Entonces tocó salir a buscar lo que se podía. Por fortuna en El Hato hay tanques de abastecimientos comunitarios y el agua duró los cinco días de lluvias y un poco
más. Pero luego la escena fue chistosa. Pero lo relataré más adelante.

Salío el sol

La mañana en la que logré ver el sol, entonces sentí felicidad.

No sé. Fue hermoso realmente. Fue un rayo de sol que se filtró por la ventana de celosías (persianas) y me dio en la cara. Salí de la casa a la calle y entonces el agua ya no corría por las cunetas. Me quedé parado en un muro y dejé que el sol me tocara. Quiero creer que estuve un buen rato así, lamento ahora no haberlo cronometrado. Mitch se había marchado.

Pero el país estaba destruido. Las imágenes en la televisión mostraban lo que podían, el presidente (Carlos Flores) ofrecía conferencias de prensa, el alcalde (César Castellanos) se metía en los barrios. Y en mi pequeño radio de baterías escuchaba que anunciaban que pronto llegaría ayuda de Estados Unidos, de México. Y de otros países de la comunidad internacional.

Salimos con el esposo de mi tía a buscar agua potable. Fuimos en su carro hasta La Alameda a un Car Wash que por fortuna, había reservado todo su tanque durante los días del meteoro. No puedo recordar con claridad del precio del barril, pero si recuerdo que estaba cara. Pero bueno, teníamos agua para tomar y cocinar.

Pero entonces los baños necesitaban agua, la casa necesita limpieza. Teníamos que volver a vivir.

La única forma de conseguirla era ir a las quebradas.

En El Hato, (años antes de Mitch claro) era muy común que personas que vivían en la colindante colonia Villa Nueva, tocaran las puertas o portones de las casas para que pedir o comprar agua, ya que en su colonia no había. Mucha gentes les daba, otros les vendían, otros simplemente eran tan indiferentes como ahora.

Pero el agua que ellos pedían solo era para cocinar o hidratarse, dado que para hacer la limpieza de sus casas era de las quebradas o riachuelos cercanos. De hecho, recuerdo que las mujeres de Villa Nueva iban a lavar a las quebradas.

Pero el Mitch de alguna forma se disfrazó de karma, pues nuestras vecinas de El Hato, que nunca daban agua, que siempre tuvieron sus puertas cerradas y lavaban con tranquilidad en sus pilas (quizá ya muchas en lavadoras), jamás se imaginaron caminar rumbo a las quebradas a lavar ropa, a bañarse y hasta a llevar galones para poder hacer sus hogares.

Yo iba a la quebrada a diario tras el Mitch, porque además de ir a bañarme, también había comenzado un negocios informal de venta de agua a los vecinos (claro, los sanitarios necesitaban agua), por lo que no puedo parar de reir incluso hoy, al recordar como aquellas mujeres de Villa Nueva, se burlaban de las de El Hato que con «horror» iban a la quebrada a buscar una piedra donde poder lavar. La vida da vueltas solía decir mi abuela Ángela Durón.

Debíamos volver

Unos días después de que el sol saliera, mi madre decidió entonces que volviéramos a nuestra casa en Comayagüela. Quizá habían pasado tres o cuatro días, no lo recuerdo bien. Lo que si tengo claro es el momento en el que nos bajamos de un autobús Mercedes Benz con el registro número 7 de El Hato-Los Robles.

Tegucigalpa y Comayagüela estaban incomunicadas y no se permitía el paso de vehículos por los puentes Carías y Mayol. El Francisco Morazán y El Chile cedieron y el único paso peatonal era por el Soberanía.

Bueno, vale aclarar en estas líneas, que las ciudades gemelas estaban unidas en su orden por los puentes El Prado, La Bolsa, Francisco Morazán, Mayoll, Sobería, Carías y El Chile. A estos hoy, 20 años después, se suman el Juan Ramón Molina y el Estocolmo.

Nos bajamos entonces de aquel autobús que hoy puede asegurar tenía los amortiguadores malos porque al frenar brincaba mucho. Nos dejó en el Parque Central. De allí en adelante solo se podía cruzar a pie. Comenzamos a caminar y todo parecían normal, hasta que al llegamos a la esquina del edificio del Ministerio de Finanzas.

Giramos a la izquierda sobre la avenida Miguel Cervantes y entonces un monstruo estaba allí. Enorme, gigante. No puedo mentir, una montaña de al menos 6 o 7 metros de lodo impedía el paso hasta Comayagüela.

Basura, restos de casas, láminas, mercadería, palos, ramas. Aquello era impactante. De alguna forma el corazón se aceleraba, puesto que no sabías qué podría haber más adelante.

Pasamos aquella pila de basura por un camino que ya muchos habían improvisado. Y llegamos al puente. Lo cruzamos y tras él, se abre el Mercado Álvarez a la derecha, donde había venta de todas aquellas cosas que se podían rescatar del lodo. Barras de jabón a un lempira, pedazos de tela que habían sido hurtadas de las tiendas de «los turcos» de la quinta avenida. Baterías (pilas) mojadas pero que con un poco de sol aseguraban que funcionarían.

Bueno, sí funcionaron. Mi madre me compró para mi radio y bueno, duraban un par de horas, pero funcionaban. Además compramos jabón, rasuradoras y alimentos.

Más adelante habían otras cosas de ventas, plásticos, recipientes, pailas, herramientas, todo aquello que además había sobrevivido en las bodegas de los diferentes mercados. Aquí entonces sí aplicaba el dicho… «el río revuelto, ganancia de pescadores«.

Caminamos rumbo al Mercado Colón para ir al Mercado Las Américas y así poder conseguir transporte para nuestra colonia vía Los Profesores o Las Ayestas. Pero no había transporte, estaban las calles partidas y los buses y taxis no podían avanzar. La única forma era hacerlo a pie por el Cementerio General rumbo a la San Martín por la izquierda y rumbo a El Chile y la Soto por la derecha.

Durante toda esa enorme cuesta, la gente de los barrios bajaba corriendo a los mercados a rebuscar cosas entre el lodo, o a saquear las tiendas de la cuarta, quinta y sexta avenida. Otros subían con lo que se había podido conseguir. Lo que más recuerdo son mujeres con rollos enteros de telas mojadas y lodosas, y un hombre con una caja registradora entera en la espalda.

Cuando llegamos a nuestra casa, Dios nos mostró su poder. No había pasado nada, apenas y había lodo dentro de ella. Y un tío nuestro (que ahora en paz descansa), había sobrevivido solo en una barraca, casi todo el temporal sin comer ni beber.

Días después todo se fue normalizando. Comenzaron a llegar ayudas. los mexicanos se quedaron limpiando la primera avenida de Comayagüela. Yo era estudiante del Instituto Héctor Pineda Ugarte (IHPU) en El Hato de Enmedio y todos los días hacia la misma ruta.

Llegaron ayudas y en los mercados aparecieron un montón de cosas nuevas. Me pregunto hoy en día sí era donaciones también. No lo sé. Pero habían unos relojes que valían L 5.00, que era despertadores, consolas «Game Boy» que tenían un solo juego: Tetris ¿Te acordás? y pastas de dientes, jabones, toallas entre lo que puedo recordar.

En la iglesia mormona, vinieron cajas de alimentos desde Estados Unidos, entre ellos frijoles blancos, los que probé por primera vez en mi vida. Descargamos el camión en la iglesia de la Kennedy y nos premiaron con una ración.

Luego construyeron un puente provisional que ya tiene 20 años de ser provisional, también recuerdo la visita de Bill Clinton y su esposa Hillary, del presidente francés, del entonces príncipe de Asturias y de aviones de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos.

Ya pasaron 20 años y esto es apenas algunos de los recuerdos que me quedan y de las cosas que vi: cadáveres, restos humanos, escombros… recuerdos. Y ahora que lo pienso bien, en 20 años no ha cambiado nada. Seguimos tan descuidados como desprotegidos, como indiferentes.

Pero sí hay algo que nunca olvidaré. El día después de Micth, fue la mañana en la que logré ver el sol, entonces sentí felicidad.

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