Project Description

Una mesa y dos sillas plásticas bajo la sombra de un puente a la par del río Bravo es la oficina improvisada que montó la Patrulla Fronteriza de McAllen, Texas, para atender la oleada de migrantes. Un lápiz, documentos, gel antibacterial y un bote con agua para aplacar el sofocante calor son las pertenencias del oficial encargado de llenarles las fichas.

Frente a él, aguardan ansiosos por pasar unos 30 indocumentados, hombres, mujeres y niños. Cargan en las manos sus tarjetas de identidad y los que andan con menores, una partida de nacimiento de sus hijos. Acaban de cruzar el caudaloso río Bravo, que a diferencia de Ciudad Juárez, donde está seco, muestra todo su poder.

Estas personas caminaron una hora y media en búsqueda de esa improvisada estación para entregarse a los oficiales.

 EL HERALDO se desplazó hasta McAllen Texas, donde la política migratoria de retornar a los centroamericanos a México no se aplica, todos los que ingresan son recibidos, apoyados, orientados y despachados a Estados Unidos.

En la fila hay lágrimas de felicidad como las del hondureño Elmer Oquelí Flores (31), quien aguarda parado con su hija Celeste Fabiola Flores (8): “Tengo sentimientos encontrados, porque no es fácil tomar una decisión así”. El joven agradece a Dios, aunque extraña mucho a su esposa que dejó en Honduras, “la honra y gloria sea para Dios”, dice. 

No es un secreto que la ruta hasta McAllen es la más peligrosa porque en México es la zona de los Zetas, secuestros, asesinatos, extorsiones y violaciones, pero tampoco debe ser un secreto informar que es la frontera en la que todos los migrantes que logran llegar son bien recibidos. Respeto a la dignidad del “mojado”

Con un sobre amarillo en la mano y una sonrisa de oreja a oreja descansa en un silla de metal en la estación de bus Greyhound de McAllen el hondureño Elvin Aranda. A escasos metros de él, juega a las “carreritas” su pequeño hijo Snider Aranda (4), quien es bastante inquieto.

Van para el estado de Louisiana, tiene sus boletos en las manos y la seguridad de que nadie los va a poder detener. La escena se repite, atrás de él hay otros dos hondureños, con los mismos sobre amarillos, esperando su bus.

El equipo de  EL HERALDO recorrió la ciudad y encontró casi un santuario para los migrantes. El sobre que guardan con recelo los indocumentados tiene escritas palabras en un papel blanco con letras negras.

Dice: “Please, help me, I do not speak English. What bus do I need to take? Thank you for your help”, está dirigido a los gringos que se puedan encontrar con los migrantes. Traducido al español: “Por favor, ayúdame, no hablo inglés. ¿Qué autobús debo tomar? Gracias por tu ayuda”.

Esos sobres se los entregaron al salir de un Centro de Detención de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos. En su interior van una serie de papeles, el más importante es la fecha y hora de la cita que tendrán con un juez de migración para continuar su proceso de asilo.

El proceso de migración en McAllen es diferente para los hondureños, en primera instancia todos, absolutamente todos, sean hombres o mujeres que llegan con sus hijos, son admitidos para poder solicitar algún tipo de asilo.

Estos indocumentados han sufrido en la ruta por México, pero una vez en Reynosa buscan por cualquier opción cruzar el peligroso río Bravo, que en ese punto del país azteca es sumamente caudaloso y ha cobrado vidas.

Una vez del lado estadounidense comienzan a caminar en búsqueda de una de las estaciones migratorias improvisadas que se han colocado para recibir migrantes. Ahí les toman sus datos, luego los trasladan a un Centro de Detención donde permanecerán al menos 24 horas.

Son interrogados, o en algunos casos solo les toman sus datos, reciben alimentos y deben esperar. Una vez pasada la noche, al siguiente día son enviados a un enorme albergue católico en la ciudad de McAllen.

Ahí un grupo de voluntarios se encarga gratuitamente de ponerlos en contacto con sus familiares en Estados Unidos, quienes podrán enviarles el dinero para el bus. Mientras esperan en el albergue reciben comida, dónde bañarse y pueden dormir por una noche ya que la capacidad está superada.

Al siguiente día son llevados a la estación de bus para comprar su boleto y esperar su transporte. Nadie los detiene, el sueño americano se cumplió y la ruta por McAllen resultó ser la más amada por los migrantes a pesar de todos los peligros. 

El hondureño Elmer lloraba de felicidad tras llegar a Estados Unidos junto a su hija de ocho años.

Un refugio para miles de migrantes

Un bus del Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en inglés) se estaciona frente al Centro de Ayuda Humanitaria Caridad Católica de McAllen, Texas. Una fila de inmigrantes empieza a bajar del vehículo.

Entran por la puerta ubicada al lado derecho del centro. El sonido de un bullicioso ventilador les da la bienvenida mientras hacen cola en un pasillo con escasa visibilidad. Hay un par de sillas viejas y dos cajas con decenas de toallas sanitarias y accesorios de limpieza en los costados.

Entran despacio, hay algunas personas recostadas en el suelo, dormidas o aprovechando a cargar sus celulares.

Dos mujeres y un hombre adentro de un quiosco de madera atienden a los nuevos inquilinos, en medio de un mar de papeles, cajas con cepillos de dientes y lápices de tinta.

Por las bocinas en todo el albergue resuenan los nombres de los migrantes: “Ana Cecilia Ortiz, por favor moverse a la entrada para su traslado a la estación de bus”. El espacio en el albergue es amplio, aunque debido a la gran cantidad de personas resulta bastante sofocante.

De vuelta en los pasillos, sorprende la gran cantidad de niños, muchos caminan sin camisa por las altas temperaturas, pues una de las misiones en el centro es darles vestuario. Las habitaciones del centro están bastante deterioradas, carecen de camas y las ventanas no tienen celosías.

Los inquilinos descansan en colchonetas de color azul, un tanto delgadas, pero con la suficiente comodidad para pasar una noche antes de continuar su travesía.

En los cuartos duermen mujeres, niños y hombres sin distinción, hay de todos los países, razas y colores aunque la oleada migratoria es de centroamericanos y específicamente de hondureños que desean una nueva vida.

Otra vez en los pasillos y pasando los cuartos se va a dar a otro salón en donde hay al menos siete voluntarios realizando la labor de contactar parientes. Al lado izquierdo está la cocina, la comida es primordial en el centro y por la fe y las obras de donantes anónimos, cristianos y locales, nunca se les ha terminado.

Al fondo del recorrido se ve la luz del día, es un espacio abierto que funciona como patio en el que los migrantes aprovechan para tomar sol, conversar y descansar. Otros prefieren unirse a la oración pues hay un espacio con bancas pegadas para recibir la palabra de Dios.

 EL HERALDO llegó en el momento que celebraban un culto y resultó emotivo ver a los extranjeros llorar y agradecer al todopoderoso por permitirles estar ahí.

Hay muchas personas comiendo, la magnitud de personas en el centro es tal que cada hora se estaciona un bus o una camioneta de la Patrulla Fronteriza para liberar migrantes, muchos esperando su turno en la entrada.

En la parte de atrás del centro están los baños, son ocho y están disponibles para hombres, mujeres y niños. Se observó a decenas de personas haciendo fila para refrescarse, vienen de estar detenidos en un Centro de Detención sin oportunidad de realizarse aseo personal.

El tiempo de espera para tomar el baño es breve, nadie les dice cuanto tardarse, pero entienden que el albergue está lleno y todos necesitan realizar sus actividades. El buen corazón de Norma Pimentel, directora del centro, no tiene límites y lucha por sus migrantes.

No todas las personas piensan así, por esa razón el centro enfrenta problemas. Estar ubicado en un barrio ocasionó que los vecinos se quejaran de la cantidad de migrantes, pese a que nunca se ha reportado un robo.

La situación llegó al punto que les pidieron desalojar el local, situación que los voluntarios pusieron en las manos de Dios y las puertas se abrieron, estrenaron local hace un par de días, no van a pagar, simplemente alguien sintió el llamado de ayudar a los migrantes.

Un promedio de 2,000 personas al día son atendidas en el Centro de Ayuda Humanitaria Caridad Católica de McAllen, Texas.

Niños como escudos

En medio de un mar de gente en un albergue de McAllen, una bebé no para de llorar.

Un hombre la mueve de un lado a otro, primero en un hombro, después en su brazo, la acostó en una banca, la volvió a cargar, desesperado, no sabía qué hacer.

Una de las voluntarias le preguntó, ¿y la mamá?, él hombre, sorprendido, respondió: “Se quedó allá en Honduras”.

La muchacha le pidió a la bebé unos minutos, le revisó el pañal, se lo cambió, le limpió la nariz, pues de tanto llorar la tenía bastante tapada, le preparó un biberón, la recostó en su brazos y la niña dejó de llorar.

 EL HERALDO evidenció que ante la oportunidad que brindan las autoridades de Estados Unidos a las personas que viajan con niños de dejarlas pasar, muchos hombres los están usando de escudo para su propósito.

No viajan junto a sus esposas porque temen que al momento de entregarse los separen y solo ellas continúen.

El problema es que asumen un rol al que no están acostumbrados, se les ve desesperados, cansados y molestos.

Tanto en la frontera como en los albergues el patrón es el mismo, hombres con menores de edad en sus brazos. La regulación no depende de las autoridades, aunque el bienestar de los niños en manos solo de sus padres es incierto.  

Tanto en la frontera como en los albergues de México y Estados Unidos es común ver a hombres solos, acompañados por sus hijos.

“La niña convulsionaba, veníamos a la mano de Dios”

Con apenas 15 meses de vida, Mariana Canales ha llevado una carga muy pesada.

Nació en Comayagua, en el seno de una familia de agricultores. Su padre, Juan Canales, y su madre, Mariana Cálix, procuraron siempre darle todo a la menor.

Lastimosamente la niña nació con algunos problemas de salud. “Muy pequeña empezó a convulsionar, la operaron del estómago, tiene azúcar, presión alta y la alimentamos por una manguera porque no tiene gusto en el paladar”, dijo el papá.

Sumidos en la pobreza con un trabajo de campo que apenas les daba para comer, el hombre y su mujer decidieron abandonar Honduras y con su otra hija de siete años emprender la ruta migratoria a Estados Unidos.

“Salimos sin dinero, aventurando y pidiendo, la gente respondió viendo la situación de la nena, nos regalaban ropa, leche, ayuda para seguir”, dijo el hombre. Durante el recorrido pasaron dificultades: “La niña me convulsionaba, veníamos a la mano de Dios, porque solo recetas le dan a uno en Honduras”, aseguró.

Recordó que la cruzada por el río Bravo en Reynosa resultó sumamente complicada. “Está hondo, cuando yo pasé, pasaron pocos, veníamos nadando, agarré a la más pequeña, con cuerdas y plásticos cruzamos, la distancia es grande, casi nos jala, a mitad es complicado”.

Argumentó que una vez que pasaron fueron capturados rápidamente por la Patrulla Fronteriza, quienes les realizaron pocas preguntas antes de liberarlos.

Un doctor se encargó de brindar atención a la menor que es alimentada por medio de una manguera en su estómago. “El doctor le dijo que ella era un milagro porque la presión la tenía en once”, dijo el hondureño.

Alabó el buen corazón de los mexicanos aunque también condenó la gran cantidad de asaltos que sufren los connacionales, “no pensé ver tantas injusticias”.

La familia Canales Cálix será recibida en Tennessee por una hermana de la señora. “La niña tiene que empezar tratamiento, no nos quejamos, gracias a Dios estamos acá y hay que seguir adelante”.

Juan y su esposa se dirigen a Tennessee para que su hija empiece un tratamiento que no pueden pagar en Honduras

Créditos

Marcel Osorto

Periodista

Johny Magallanes

Reportero gráfico