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Home 2017-07-13T06:58:23+00:00

ESPECIALES

UNIDAD DIGITAL DE INNOVACIÓN EL HERALDO

Los barrios y colonias de la capital de Honduras han sido un terreno fértil para el crecimiento de las maras y pandillas en las últimas tres décadas.

Desde que una pandilla se instala en una comunidad, nada vuelve a ser igual. Las reglas cambian para proteger y, a la vez, aislar al barrio. Muros invisibles cercan colonias donde las mañanas son opacas por el manto de recelo y las noches se vuelven más largas por un toque de queda tempranero. Hay ojos por todos lados, el ruido más leve se escucha como una amenaza y vivir en silencio no es una decisión, es una orden. La mara existe y no existe. Todos saben dónde viven, quiénes son y cómo operan, pero si preguntas es probable que nadie los haya visto, oído o tratado nunca.

Para conocer este tipo de detalles, la Unidad Investigativa de EL HERALDO se adentró en los sitios más recónditos y temidos de Tegucigalpa y Comayagüela, donde los grupos criminales son amos y señores, sin importar el poder de la autoridad.

Pequeños infiernos

Un extraño en una de estas comunidades carga consigo el peso de la sospecha a cada paso. En el barrio todos se conocen. Van detrás del que no identifican como la sombra persigue a su dueño y se corre el riesgo de ser requerido o asaltado, en el mejor de los casos. Por eso decidimos penetrar en sus pequeños infiernos acuerpados con agentes de la Policía Militar y del Orden Público (PMOP).

Sin embargo, los fusiles cargados tampoco eran una garantía de protección. En más de una ocasión percibimos a los rígidos soldados apurados y en sus ojos también vimos reflejados nuestros miedos. Total, todos podíamos reconocer el peligro. En varias visitas, al internarnos en las “cosas locas”, tomamos las medidas de seguridad necesarias, lo que incluyó pasamontañas para evitar ser identificados por los vigías de las maras.

Aunque el gobierno actual emprendió una sólida estrategia para golpear a estas organizaciones, al aislar a sus principales líderes -quienes seguían ordenando asesinatos, cobrando extorsiones y derramando sangre inocente desde las bartolinas- en cárceles de máxima seguridad, la huella de la mara sigue. Tal vez ya no hay tantos grafitis ni sujetos con ropa holgada y tatuados de cuerpo entero como antes, pero la presencia de la mara se palpa.

Según datos de la la Fuerza Nacional Antiextorsión (FNA) a los que EL HERALDO tuvo acceso, alrededor de 170 barrios y colonias de la capital de Honduras han sido penetradas por estos grupos criminales de carácter violento. De conocimiento general es que hay una hegemonía de la Mara Salvatrucha (MS-13) y el Barrio 18 -también “Varrio”, alusivo a una seña de mano que los identifica”-, pero se han detectado pequeñas pandillas que han cogido terreno en los últimos años, como Los Chirizos y “El Combo que no se deja”.

Tras obtener este listado básico, la Unidad Digital de Innovación de EL HERALDO procedió a cruzar esos datos con los del Censo Nacional del 2013 del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) para ponerle cifras a esta fenómeno social. De esta forma, además de conocer en cuántas comunidades operan, se logró averiguar el número de viviendas que existen en los sectores contaminados por las maras y pandillas, así como la cantidad de población que habita en los territorios con el sello pandilleril.

Los resultados aparecen alojados en la matriz de fondo negro que mostramos continuación. En esta caja de control puede conocer estas cifras e información general de las maras, así como detalles de cada agrupación criminal.

Distribución territorial

Las pandillas han hecho de la periferia de la ciudad su reinado. La mayoría de células se localizan en barrios marginales con severos problemas de acceso a los servicios básicos y empobrecidos.

Mientras que la Mara Salvatrucha extiende sus tentáculos por el norte y parte del centro de Comayagüela, con su génesis en el barrio Bella Vista; la pandilla 18 ha establecido operaciones más al sur de la ciudad, con la colonia El Pedregal reconociéndose como el origen y expansión de su dominio territorial.

En tanto, la MS-13 y la 18 mantenían una dispuesta sangrienta por las zonas de control, en el centro y noreste de la capital unos incipientes grupos criminales lograron coger terreno e imponer sus pequeños centros de operaciones delictivas en antañones barrios, como San José de la Montaña, El Picachito, El Bosque y Japón, además de una fracción de los mercados de Comayagüela.

El siguiente mapa ilustra en puntos de colores la distribución territorial de los mareros y, además, muestra a detalle por barrio y colonia qué pandilla ejerce el control, la cantidad de viviendas y el número de habitantes.

Tras varias semanas de investigación, EL HERALDO reunió testimonios de capitalinos golpeados por las maras, recabó información de inteligencia sobre sus códigos y escudriñó en sus pequeños infiernos para documentar en fotografías y videos el paso devastador de los pandilleros por los modestos barrios del Distrito Central.

Así se las arreglan miles de habitantes viviendo entre maras.