Descripción del proyecto

Para algunos, la obra más hermosa de Dios; para otros, el pasaje directo al infierno cuando el sello de la mara está presente.

Hay unos personajes que, desde que las pandillas llegaron a Honduras y hasta la fecha, están presentes como protagonistas inusuales: las mujeres.

Aunque disminuidas en el liderazgo, ellas han sido piezas importantes en este juego de ajedrez que representa el pleito entre antisociales.

No se conoce hasta el momento cuándo comenzaron a aparecer las féminas como miembros activos de estos aparatos del crimen, sin embargo, hay muchas que se ganaron a pulso el temor de la población y con su puño y letra grabaron su nombre callejero en una especie de memoria criminal.

Nombres como “La Diabla”, “La Osa”, “La Lobacha” y “La China” son solo algunos de los que sacuden la memoria al escucharlos por recordar las atrocidades en las que participaron.

Ana Chanelly Córdoba, mejor conocida como "La China", fue llevada a la cárcel por el asesinato de un motorista. Las bartolinas representaron para ella una transformación total.

La pandilla da un sentimiento de calor, muy llamativo para quienes no lo encontraron en sus hogares.

El problema es que el grupo criminal tiene buen olfato y huele la decepción y la soledad, aunque estén a kilómetros de distancia.

Cuando la ocupación de las pandillas comenzó, muchas mujeres solo hacían el papel de “jainas”, es decir, las novias de los pandilleros. Estas se encargaban de cuidarlos, cocinarles, atenderlos, en pocas palabras, de mantenerlos tranquilos.

Poco a poco se fueron incorporando como miembros activos y, al igual que los varones, tenían misiones que cumplir a cabalidad.

Hay dos formas de entrar. Ya sea de manera directa o indirecta, en ambas acaban manchadas hasta el codo de actos ilícitos, siendo cómplices o autoras directas del crimen.

La primera es la que quizá muchas han escogido: realizar una sesión sexual para todos los miembros de la «clica» o célula delincuencial. Para muchos esto es denigrante, aun para los mismos integrantes de la pandilla o mara.

Les pierden el respeto y las ven como mulas de carga y objetos sexuales con los que desestresarse o divertirse en una noche de desenfreno, según información de inteligencia recabada por este equipo de periodismo.

La segunda es quizá la más tradicional, la más dolorosa si del cuerpo se habla, pero deja como recompensa una cuota de respeto entre los “hommies”: la iniciación a punta de golpes.

Son 18 segundos recibiendo golpes. Una eternidad. Pero el respeto de la mara lo vale para ellas. En la pandilla 18, la mujer no recibe un mejor trato y para ganarse el respeto la cuesta es más empinada que para sus compañeros del sexo masculino.

En la MS-13 no es distinto y el consuelo es que hay cinco segundos menos de golpes.

Los “hommies” sienten de cierta manera un mayor respeto paras las mujeres ya que reconocen que, igual que ellos, pasaron por las patadas y los puñetazos.

Esta iniciación ya no es tan común hoy en día.

Muchas mujeres eran respetadas por la efectividad a la hora de realizar las misiones, otras adquirieron el respeto dependiendo de a quién escogieran como pareja sentimental dentro de la mara. Este último camino era un arma de doble filo, el cual les podía garantizar la seguridad de no ser molestadas o, por el contrario, les aseguraba ser un blanco para los enemigos de su novio. Como sea, esta arriesgada relación las posicionaba y les entregaba una cuota de poder en la pandilla y otro poco en la convivencia con la comunidad.

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Los grupos delictivos fueron evolucionando y aquellas jóvenes agresivas, las que alcanzaron una posición en la «clica», quedaron en dos lugares: en el cementerio o consumiéndose en una prisión.

Ahora, el rol de la mujer ha tomado otro rumbo; los pantalones largos, las camisas largas y las calcetas hasta la rodilla se reservaron para las mareras precursoras, las de la vieja escuela y las que permanecen en prisión.

La gran mayoría de las féminas que son vinculadas a pandillas son las que se encargan de cobrar la extorsión, de dar mensajes, de visitar a los “hommies” presos, son las aves mensajeras que llevan los recados desde la prisión al barrio. Son ellas, las damas del crimen.

Actualmente, son jovencitas de buen vestir que, créase o no, se mueven como reinas intocables dentro de los barrios y colonias controladas por pandilleros.

Exigen respeto, miran por encima del hombro, ser la esposa del pandillero más poderoso del barrio cuenta y ellas lo saben.

A ellas también les corresponde ser madres de los “niños del barrio”, frutos de una relación con pandilleros. Muchas veces un solo pandillero puede tener varios hijos con muchas mujeres, por eso no es extraño ver en las colonias que los líderes tienen varios hijos de la misma edad con diferentes parejas, pero siempre hay una que es considerada “la oficial”, “la de verdad” o cualquier otro calificativo que denote mayor importancia entre todo el harén del pandillero.

Los pequeños deben ser bien cuidados por sus madres y bajo ningún motivo pueden ser maltratados, pues son ellos los que continúan con el legado de la mara o la pandilla.

La gran mayoría de estas mujeres no trabajan, ya que viven de lo poco o mucho que la mara decida darles.

En el mejor de los casos, si es “la oficial” podría llevar una vida modesta, recibiendo comida para ella y su hijo; en el peor, solo queda como una más que debe sobrevivir como pueda, claro está, bajo las normas pandilleriles.

No hay un registro exacto por parte de las autoridades de seguridad sobre cuál es la cantidad de mujeres miembros de maras y pandillas, sin embargo, organizaciones no gubernamentales estiman que puede rondar entre las 800 y 900.

Nada es perfecto, formar parte de la pandilla es una condena de por vida. Estas mujeres pueden vivir donde la mara lo decida, pueden ir donde la mara lo permita, pueden vestir como la mara crea que está bien y, es más, pueden amar a quien la mara diga que amen.

Tampoco son dueñas de sus cuerpos y, cuando su pareja pandillero entra a la cárcel, deben visitarlo religiosamente.

Si muere quedarán condenadas a dos cosas: ser viudas para siempre o enamorarse, por la buena o por la mala, de otro miembro de la pandilla. Se sobreentiende que no pueden dejar llegar otro hombre a sus vidas, ya que corren el riesgo de ser tachadas de traidoras y encaminarse a una muerte segura.

Las lágrimas que derraman a lo largo de su trayectoria en la mara son muchas, sin embargo, otras más jóvenes, como si pensaran que a ellas no les pasará lo mismo, cada día se dejan deslumbrar por la vida que la pandilla les ofrece.

El gobierno trasladó este año a un grupo de reas peligrosas de San Pedro Sula a Támara, entre ellas estaba "La China".

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