Descripción del proyecto

Las vueltas que da la vida, el destino o simplemente la necesidad de tener cuatro paredes y un techo donde vivir no le dejaron otra opción a la pequeña Kimberly que residir en una de las zonas más conflictivas de la capital hondureña, Tegucigalpa.

A sus cortos 15 años, la adolescencia ha producido cambios inesperados en su cuerpo, la pubertad provocó que las caderas flácidas y el pecho plano se convirtieran en algo distinto, un cuerpo codiciado por muchos hombres en su barrio.

La vio nacer y crecer la colonia Arturo Quezada de Comayagüela, un reducto habitacional situado al noroeste de la capital, de calles escabrosas y polvorientas como la mayoría de los vecindarios de la periferia capitalina.

Lo más difícil para cualquier niña habitante de estas zonas; es territorio Salvatrucha. Sí, dominado por la Mara Salvatrucha (MS-13).

Un presunto pandillero merodea en la entrada a un callejón en la colonia Guillén.

De California a Bella Vista
Nació a inicios de los años sesenta en el estado de California, en Estados Unidos de América, liderada por un inmigrante de origen salvadoreño que buscando el sueño americano se radicó en ese país del norte.

Surgió como una pandilla callejera denominada Wonder 13 en la ciudad de Los Ángeles, pero con el paso de los años se fue convirtiendo en una organización delictiva que se dedicó a cometer actos reñidos con la ley, asociados a robos y tráfico de drogas, sin imaginar que después de cinco decadas sería uno de los grupos criminales más poderosos y organizados de Latinoamérica.

Ese grupo de jóvenes es conocido hoy en día como Mara Salvatrucha (MS-13), identificada también con los números romanos XIII, tatuados en miles de los cuerpos de sus temidos integrantes.

El inicio de la década de los noventa fue difícil para muchos inmigrantes centroamericanos en Estados Unidos, ya que la reforma migratoria del gobierno estadounidense provocó una deportación masiva de salvadoreños, guatemaltecos y hondureños, entre ellos miles de miembros de la Mara Salvatrucha.

En 1991, tras la fuerte oleada de inmigrantes retornados, se funda en Honduras la MS-13. El primer fortín establecido por la nueva organización criminal instalada en suelo hondureño sería el antañón y reconocido barrio Bella Vista de Comayagüela.

Esta nueva versión de pandilla callejera con fines de lucro en base a la comisión de actividades delictivas y criminales comenzó a integrarse con jóvenes hondureños y también salvadoreños que llegaron directamente a Honduras, pese a que no era su país de origen.

Jorge Antonio Ayala, alias «Tecate», fue el pionero de esta organización criminal que vendría a sembrar el miedo en un pueblo que solo conocía a los carteristas, pero no a las asociaciones de delincuentes constituidas.

Este individuo, después de pasar unos años en Estados Unidos fue deportado y reclutó a jovencitos para que formaran parte de la que ellos fueron conociendo como «La Familia». En la actualidad se encuentra en libertad después de haber guardado prisión por el delito de asociación ilícita.

Al no tener disponibilidad de recursos económicos, sus miembros comenzaron utilizando armas rudimentarias, inclusive armas blancas, pero con paso del tiempo el dinero que les generaba el microtráfico o narcomenudeo, asaltos a residencias y robos a mano armada fueron obteniendo armamento pesado de primer nivel.

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Un pequeño infierno
Casi 27 años han pasado desde que comenzó a operar esta estructura criminal en Honduras. Aquellos días distan mucho en todos los sentidos para la Salvatrucha: el número de sus miembros, la actividad delictiva y sobre todo el poderío económico que ha alcanzado que ha sido producto principalmente del delito de la extorsión.

Para conocer cuál es su actuar, cómo y dónde viven, de qué manera operan y sus sistemas de alertas nos tuvimos que internar en sus pequeños pero controlados infiernos a lo largo y ancho de una de sus principales fortalezas en Tegucigalpa.

El reloj marcaba las 10:00 de la mañana, todo parece estar en completa calma en el barrio El Bosque de la capital.

Pero esta tranquilidad en un territorio penetrado por maras y pandillas es relativa, nuestra presencia ya fue detectada por los vecinos, pero sobre todo por los «banderas» o «punteros», ubicados estratégicamente en lugares donde no pueden ser vistos.

Se les denomina así a los jóvenes que se encargan de vigilar la zona y dar aviso a sus compinches, prioritariamente a los cabecillas, en el caso de que un operativo policial o militar represente un potencial peligro para la organización criminal.

El primer indicio visible de que la zona que estamos pisando está gobernada por grupos antisociales es la diversidad de grafitis dibujados en las paredes, sin importar si son centros educativos, viviendas o lugares de recreación pública como canchas de fútbol.

Las maras o pandillas utilizan este método para delimitar sus territorios de influencia y para retarse o amenazar a pandillas contrarias que intenten invadir su patio.

Precisamente, este sector de la ciudad es motivo de pugna entre la Mara Salvatrucha y una de las pandillas que recientemente afloró en las calles capitalinas conocida como «El combo que no se deja».

Prueba de ello son las múltiples muertes que se han registrado a lo largo de estos años en la zona desde que se formó el nuevo grupo criminal y que opera en la parte noreste de esta ciudad.

Estructura

Organización de la Mara Salvatrucha

Pelea territorial

La MS-13, como en su vocabulario saben expresar, controla el sector conocido como «La Finca», así como la zona popular llamada «Los Tubos». Es precisamente en estos dos lugares donde se han suscitado muertes violentas debido al pleito entre sus más cercanos rivales.

En protección de sus territorios y como una muestra de poderío, tanto la Mara Salvatrucha como «El combo que no se deja» han cometido crímenes atroces tratando de cuidar su zona, que es utilizada para la venta y distribución de estupefacientes.

En muchas ocasiones una calle o un estrecho callejón es lo único que divide el dominio violento y mortal de las pandillas, representado en grafitis alusivos a cada mara. Esto pudimos apreciarlo en la zona donde se delimita el barrio El Bosque y el sector de El Picachito.

Continuamos con nuestra caminata con el objetivo de conocer a profundidad el modo de vida de los integrantes de esta mara y nos internamos en la conflictiva colonia Villa Cristina, en la salida a Olancho de la capital.

La presencia de sus miembros en las angostas calles de Villa Cristina es casi imperceptible debido a que en nuestro recorrido fuimos acompañados en todo momento por elementos militares, sin embargo, la vigilancia es ejercida por los «banderas» o «punteros», o personas que sin ser miembros activos de la organización colaboran con la misma.

Estas personas son fáciles de identificar, según las autoridades. En su mayoría son mujeres en edades entre los 18 y 36 años y para disimular el trabajo encubierto, encargado por los jefes de la mara, instalan pequeños negocios en las calles y esquinas.

De este tipo de ventas proliferan en la colonia Villa Cristina y sus alrededores, muchas de ellas con la finalidad de servir de vigías de los antisociales.
También en esta zona de Comayagüela está sutilmente establecida una línea divisoria entre la Mara Salvatrucha y el Barrio 18.

Una esquina es la división de poderes hacia la cúspide de la montaña, donde se encuentran centenares de humildes viviendas, hasta ahí es territorio MS-13, hacia abajo ya es suelo dominado de manera exclusiva por la pandilla 18.

En el barrio El Bosque, justamente en la línea divisoria con la colonia El Picachito, un grafiti amenaza a muerte a la pandilla contraria de El combo que no se deja.

El vestigio de un local para la venta de abarroterías o una pulpería es la icónica señal de que una de las dos organizaciones delictivas influyó para que los propietarios abandonaran el lugar y tuvieran que ponerlo a la venta.

Hacen de las colonias su propia hacienda. Como si se tratara de algo propio y que nadie más tiene derecho sobre él, la Mara Salvatrucha se apodera casi íntegramente de los barrios y colonias, a tal grado que colocan portones y barricadas en los accesos y salidas de las mismas.

En la calle que conecta la colonia La Soledad con la colonia 21 de Febrero, al noroeste de la capital, está la prueba de esta arbitraria acción realizada por la MS-13.

Los portones casi siempre permanecen cerrados y el peligro es más latente en horas de la noche, sin embargo, son pocos o casi nulos los casos de extraños que frecuentan estas colonias a sabiendas del control que ejerce allí la Mara Salvatrucha.

El término «apropiarse» incluye, en muchas ocasiones, un universo para los miembros de una mara o pandilla.

Vestimenta

Un día, uno de los integrantes de la MS le puso el ojo a una chica. Kimberly aún era una niña, por razones obvias se fijó en ella y no con buenas intenciones.

La menor se convirtió en el objetivo a persuadir sí o sí por un integrante de la Mara Salavatrucha que se había afincado en la zona de la colonia Arturo Quezada, y a quien la hermosa niña llamó su atención desde que vio por vez primera.

La jovencita, por instrucciones de su progenitora y por los principios inculcados en su hogar, rechazó desde el primer momento la seducción del antisocial.

A pesar de la negativa de Kimberly de aceptar los piropos y proposiciones, el marero continuó incansable su labor para poder hacer de aquella adolescente su novia.

Los rechazos continuaron así como el asedio hacia Kimberly, sin embargo, ella no daba su brazo a torcer recordando siempre los consejos de su madre.

Un domingo, mientras participaban en un culto evangélico en su colonia, Kimberly y su madre empezaron a recibir amenazas vía telefónica por medio de mensajes de texto.

«Aquí te está esperando un regalito afuera», decía un mensaje de texto que el supuesto pandillero le envió a la hija menor de doña Juana ese domingo que estaban en la iglesia.

Según el testimonio recabado por EL HERALDO, ese mismo día como pudieron salieron de la iglesia, tomaron un bus para la casa de un familiar aquí en Tegucigalpa y al siguiente día se fueron rumbo a un municipio al norte de Francisco Morazán.

«Mi hija menor y yo tuvimos que irnos de aquí porque el muchacho (marero) la había amenazado que la iba a matar.

Al muchacho le gustaba mi hija menor, pero ella nunca le hizo caso y por eso tuvimos que irnos de aquí (de la capital)”, contó doña Juana.

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Por las calles de la Bella Vista deambularon hace 27 años los primeros e inexpertos integrantes de la Mara Salvatrucha.

Este ha sido durante casi tres décadas uno de los barrios representativos de esta organización. Estratégicamente se establecieron en ese lugar porque en su momento dominaron los mercados San Isidro, Las Américas, Galindo y Álvarez, todos ubicados en Comayagüela y colindantes con Bella Vista.

Al igual que en otras de las zonas de la capital donde ejerce poder esta mara, sus integrantes tienden a ser un tanto más discretos que sus rivales de la Pandilla 18.

Por este y otros motivos es difícil distinguir ahora un individuo perteneciente a la MS-13, a menos que ande visible los tatuajes distintivos MS y XIII, además de las señales características que hacen con los dedos de las manos o en algunas ocasiones la imagen de un corazón con Jesucristo crucificado, haciendo que se forme una M y una S.

El callejón de la muerte en el barrio Bella Vista es uno de los puntos en los que las autoridades han detectado a lo largo de los años la actividad de integrantes de la MS-13.

Se llama así porque en ese lugar se dieron múltiples ejecuciones de pandilleros contrarios en años anteriores cuando la guerra entre esta mara y el Barrio 18 se dio con mayor frecuencia, buscando conseguir la obtención de más territorio.

Llegados de Los Ángeles, California, trajeron consigo la moda de los pantalones cortos y extremadamente anchos, usados hasta abajo de las rodillas, calcetines a mitad de la tibia, tenis de marcas reconocidas y fajas largas hasta colgar.

En la actualidad y con el fin de pasar desapercibidos ante la autoridad, su forma de vestir ha dado un giro considerable; hoy prefieren vestir de forma neutral, más parecido al ciudadano común, ni muy ajustado ni tampoco muy holgado, como para no llamar la atención ni confundirse con otros grupos o pandillas.

La Mara Salvatrucha se ha convertido en los últimos años en una estructura criminal muy organizada. Los decomisos e incautaciones de vehículos y armas hablan de la disciplina y organización que tienen a lo interno para obtener tales bienes lujosos, como los incautados en la Operación Avalancha en 2016.

Solo en la capital de la República han penetrado en al menos 80 barrios y colonias y, según estimaciones calculadas por la Unidad Digital de Innovación, hay más de 60 mil viviendas, en las que habitan alrededor de 242 mil personas, en el mapa de influencia de esta mara.

Entre sus actividades delictivas están la extorsión, principalmente al rubro del transporte, la venta de drogas, el sicariato, el robo de vehículos, el trasiego de armas, entre otras.

Actualmente, las estimaciones señalan que hay alrededor de 1,750 mareros de la MS-13, un gran número de estos están guardando prisión en cárceles de máxima seguridad y los demás pululan en libertad por todo el país.

Doña Juana y dos de sus hijas (Kimberly -la menor- y Claudia -la mayor-), atemorizadas por la zozobra producto de las amenazas, salieron huyendo del país rumbo a Estados Unidos, pero fueron atrapadas por migración en la frontera mexicana y deportadas nuevamente hacia Honduras.

Kimberly, Claudia y su madre retornaron al país a continuar con la pesadilla de lidiar con las intimidaciones por parte de las pandillas.
Después de alquilar en la colonia Arturo Quezada y pensando que podrían escapar del asedio del pandillero, rentaron una vivienda en la colonia Australia; demasiado cerca de su antigua casa como para pensar que estarían fuera de peligro.

Con todo y lo ocurrido, Kimberly y su familia trataron de obviar el problema y seguir la vida en la capital, ya que no les quedaba otra opción.
Pero Claudia, por ser la mayor, era el sustento de la familia. Después de regresar deportada de Estados Unidos, ella decidió seguir viviendo en la colonia Australia, aunque su madre y Kimberly se fueron nuevamente hacia el municipio de San Ignacio.

Con atributos físicos para atraer a cualquier hombre, Claudia pudo haber sido una presa a seguir por la mara del barrio, sin embargo, esto no ocurrió.

Las intenciones que tenían para ella eran otras.

Después de pasados unos días y cuando creían que todo estaba en calma, que podrían seguir una vida normal, otra pesadilla peor se asomaba para la familia de doña Juana.

Claudia fue encontrada muerta en un sector conflictivo al norte de la capital.

El mensaje era claro: no pude tenerte, entonces me voy a vengar matando a tu hermana.

Esta como miles de historias más se viven a diario en los barrios y colonias de la capital, dominados a plenitud por las maras y pandillas.
Las reglas de la mara son las reglas del barrio y se cumplen en el momento que ellos digan sin importar el dolor ajeno y la desintegración de familias enteras, con tal de lograr sus caprichosos objetivos y satisfacer su ego criminal.

Así viven miles de familias hondureñas que les toca sortear las decisiones de las pandillas, esperando el día en que pudiera llegar la muerte para uno de los suyos.

Familiares entierra a una joven asesinada días después de recibir amenazas de mareros. Los criminales andaban tras los pasos de su hermana, pero ella los rechazó.

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