Descripción del proyecto

La narradora de esta historia nació en una colonia de Comayagüela donde la señal de la presencia del Estado se limita a una o dos escuelas.

Con una población menor a las 2,000 personas, una cantina y una iglesia católica, sus habitantes estaban bien. No recuerda las veces que ha imaginado tomar sus cosas y salir de ese barrio para buscar una vida mejor.

Por nombre le daremos «Xiomara», ya que después de tantos años aún siente temor de identificarse. Ella aún recuerda el día en que el frío de noviembre trajo consigo a un grupo de jóvenes inquietos que caminaban con la cabeza rapada, camisetas sin mangas, calzonetas anchas y calcetas a la rodilla.

«Recuerdo que en ese entonces nadie les decía mareros o pandilleros, les decíamos ‘Pelones’, porque andaban rapados», dice y sonríe mientras entrelaza sus manos.

La pandilla 18 es una estructura criminal que llegó a Honduras en 1989, siendo la colonia El Pedregal la que vio los primeros pasos de esta organización criminal; de ahí se extendió a más territorio como se extiende el cáncer. Para esta fecha se estima que hay más de 2,750 miembros en Honduras, según proyecciones de organizaciones no gubernamentales y agencias de inteligencia.

EL HERALDO ingresó a estas colonias para mostrarle los terrenos que son dominados por estos grupos antisociales.

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El miedo nos marcó el tiempo.

Ir acompañados de una patrulla de la Policía Militar tampoco garantizaba una seguridad plena. Las maras tienen ojos en cada esquina y, a manera de prevención, el equipo de EL HERALDO en ocasiones realizó los recorridos por los callejones y las viviendas abandonadas con el rostro cubierto con un pasamontañas para evitar ser identificados.

Tampoco vimos a los agentes del todo convencidos con la inspección. Un fusil y un uniforme podrán exhibir un aura de autoridad en cualquier rincón de Honduras, pero en la zona comandada por el Barrio 18 es un objetivo a perseguir.

En más de una ocasión los uniformados apresuraban el paso o llevaban los minutos de nuestras paradas, a pesar de que por donde ingresaban se despejaba de inmediato el corto horizonte.

En la colonia de “Xiomara”, la mayoría de las personas subsisten de empleos informales, como cocineras, carpinteros, costureras, comerciantes y mecánicos, entre otros oficios.

La escuela de la comunidad ha visto pasar por sus aulas a casi todos los habitantes que al menos cursaron el sexto grado.

No hay un centro de salud que pertenezca como tal a la colonia y los índices de desintegración familiar son altos.

«Cuando los muchachos llegaron realmente se conocía a uno o dos de ellos porque eran familiares de alguno de los vecinos, se llevaban en las esquinas, pero no se metían con nadie, en realidad solo eran ellos en su mundo, después se fue poniendo peor, pero si nadie se metía con ellos, no pasaba nada», relató.

Fue luego de unos años cuando el correteo empezó a oírse casi a diario en cada una de las calles de la populosa colonia. La Policía ya rondaba la zona y si los buscaba la justicia no era por buena conducta.

«Me acuerdo que al inicio lo que hacían era fumar en las esquinas, las rayaban y ponían cosas y se empezaba a oír que tenían como una banda contraria y que entre ellos peleaban, realmente nadie sabía qué eran, uno pensaba que los buscaban por andar en drogas, pero no era así, sí hacían cosas malas, pero como uno los conocía desde ‘cipotíos’, uno no creía que andaban haciendo eso», detalló.

Las casas locas se encuentran en colonias muy pobladas y los vecinos ven con normalidad la llegada de los policías militares.

Cuando llegó el 2000 ya era normal ver a los pandilleros en las esquinas, pero a más de alguno le latía fuerte el corazón cuando los encontraba en medio de la calle portando armas de grueso calibre, que hasta entonces solo se habían visto en las películas, esas que combinan acción y ficción y donde los buenos siempre ganan.

Las cosas empezaron a empeorar cuando en operativos hechos por la Policía ya no solo corrían a esconderse, sino que respondían con plomo, eso causó la caída de varios de esos muchachos que quedaban tendidos en estrechos callejones mientras defendían «el barrio».

Las madres se gastaron de llorar y de preguntarse “¿Qué habían hecho mal?” Las que tenían suerte podían ir a visitarlos a la Penitenciaría de Támara y más de alguna rogaba a Dios que su hijo no saliera porque, aunque preso, estaba vivo.

La caída de los «hommies», los líderes del grupo, obligó a la organización a buscar medidas de protección.

Los «placazos» fueron borrados, los tatuajes fueron tapados, pero la maldad parecía volverse cada vez más grande y sin señales para distinguirla era difícil saber de quién cuidarse.

En Tegucigalpa se estima que la pandilla 18 tiene presencia en al menos 73 colonias de la capital, la lucha por ganar territorio ha sido salvaje y lo peor es que más de dos décadas después aún continúa.

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La ocupación

Han pasado más de dos décadas desde que el Barrio 18 llegó a las colonias capitalinas y desde entonces como un huracán se llevó la infancia de miles de niños que dejaron de salir a jugar por miedo a recibir una bala perdida.

Los muertos han sido tantos que contarlos es una bofetada de vergüenza para los gobiernos pasajeros.

«Mire, desde entonces a muchos de los que empezaron o los mataron o los metieron presos, pero no están en esa colonia, ahora son nuevos y esos son peores porque al menos a los primeros uno los conocía, los de ahora llegaron como ‘más malos'», afirma “Xiomara».

La muerte se ha divertido en los barrios controlados por la 18 en un festín de más de 20 años, los cementerios se han llenado de la sangre joven de Tegucigalpa y con todo eso su hambre no se sacia.

La pandilla 18 se ha apoderado de La Peña y sus alrededores, en algunas colonias vecinas llegaron al punto de poner trancas en la entrada para evitar que los elementos de la Policía ingresen, además de que dan una ventaja a la hora de esconderse o salir de la zona y así evitar ser atrapados.

«Ahora está mucho peor, antes ellos hacían sus cosas en otras colonias y aquí más bien cuidaban, no permitían que asaltaran, pero ahora ellos les cobran el impuesto de guerra hasta a los mismos negocios de la colonia donde están, hay carnicerías donde no les cobran, pero les pagan con carne y con productos”, describe.

Un rastro de sangre fue hallado durante la visita a una casa loca ubicada en la colonia 14 de Marzo, lugar donde se moviliza la pandilla 18.

Sobreviviendo a la pandilla

La colonia pacífica y alegre que solía ser La Peña ya solo es el recuerdo.

Ahora impera una lucha por la sobrevivencia donde se siguen enfrentando las pandillas unas con otras y donde, sea cual sea el ganador, serán los habitantes de los barrios y colonias los que pierdan.

«En horas de la noche ya no es muy bueno andar, una porque como uno ya ni conoce quiénes son pandilleros, otra por cualquier enfrentamiento, la verdad es que uno se siente inseguro hasta dentro de la casa porque se oyen rumores de que en algún momento la gente va a tener que pagar por vivir en la colonia; con los niños uno debe tener mucho cuidado para que no les vaya a llamar la atención andar en ese mundo», dijo la entrevistada.

Estructura

Estructura de la pandilla 18

Esa situación se vive cada día, los niños circulan para llegar a la escuela y, aunque la presencia de los antisociales «oficiales» ha menguado, siempre quedan los «banderas» que resguardan la colonia y supervisan el ir y venir de la comunidad.

«Siempre hay gente que simpatiza con ellos, les avisa si viene la Policía, si hay alguien que va a emprender un negocio, tienen ojos y orejas por todos lados, uno muchas veces se quiere ir, pero no tiene para donde», lamenta la noble dama.

Como ella, hay cientos de familias que se han ido de sus casas por temor, el esfuerzo de toda una vida ha sido en vano, pues las casas han quedado abandonadas y ahora son recintos de los pandilleros, donde muchas veces cometen las peores atrocidades. A estas viviendas se les conoce como “casas locas”.

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Las “casas locas” muchas veces son tomadas por los pandilleros cuando estas tienen características especiales. Por ejemplo: estar en una ubicación estratégica como en una esquina o en una zona alta. Tener terraza o ser de dos pisos. De la misma manera, hay muchas viviendas que han quedado abandonadas cuando uno de los miembros de la familia que las habitaba sufrió algún ataque o amenaza por parte de miembros de pandillas.

«Hay casos donde los muchachos esos han sacado a la gente de las casas y luego la casa que está enfrente también la quitan para que no los vean o no los oigan haciendo sus cosas, es duro para la gente porque le cuesta hacer sus cosas», dice la ciudadana.

La vestimenta

Para contar todas las historias que han causado las pandillas se necesitarían libros tras libros, pues las lágrimas que se han derramado a causa de ellas han sido demasiadas.

Así vive Tegucigalpa, bailando entre la vida y la muerte al son de los disparos y el llanto de la desesperación.

Cuando las maras llegaron, sus miembros eran forasteros rechazados, hoy se pasean como amos y señores en las colonias y la población le sigue pidiendo a Dios que sane su tierra y que ocurra el milagro de un país mejor.

Los pandilleros plagan de dibujos y grafitis las casas de las cuales se adueñan.

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